jueves, 5 de mayo de 2016

Monterrey

«Perdone por haberme demorado para escribirle, pero es que, mire usted, justo hoy, que se me acabó la pila del celular y el cargador se me quedó en la casa de un amigo, pude darme cuenta de que en el hotel hay computadores. Yo sí los prefiero para escribir.
La he pasado muy bien, en general. Lo que pasa es que Monterrey es un lugar particularmente difícil y el solo hecho de saberla a ella acá sí me ha generado conmociones emocionales que han venido manifestándose en el cuerpo. Como sea, yo insisto con esta ciudad, y he llegado a concluir que se debe más a un tiempo que hubiera querido que trascurriera acá y que, desde que empecé a ser fan de Gloria, anhelaba. Específicamente, me hubiera encantado pasar acá mi adolescencia.
No sé por qué me brotan lágrimas al escribirle esto.
Es que aquí vivo vidas enteras en cada parte que visito, y tal vez se deba a que yo en Medellín no hago otra cosa que malbaratar mi vida y hacer lo posible por demostrar que ese no es ni ha sido nunca el lugar que me corresponde en el mundo.
¿Recuerda cómo comía siempre que estaba por acá? Esta vez me paso días enteros sin hacerlo, pero ni siquiera por la tristeza o la depresión, sino porque... no sé, me siento llena.
¡Estoy totalmente oxidada para redactar! Eso me desespera. Encima, las gafas que me mandó el doctor no me sirven para un carajo y estoy llegando a pensar que la cosa no es de los ojos ni del cerebro, sino psicológico. Claro, porque sin ojos no escribo ni puedo mirar el armazón.
Intentaré escribirle mañana tempranito. El Chuy está muy enojado conmigo porque anoche busqué a Esa y sí, me la encontré y sí, aquí estuvo conmigo, pero ya se largó al D. F. y luego estará en Playa del Carmen y ya, ya, no siento culpa sino malestar porque él, con toda razón, está furioso y no ha querido verme en todo el día.
Ah, y quiso llevarme por allá pero sí le dije que no y no, y en esto sí estoy firme»

sábado, 16 de abril de 2016

Te siento. Lo siento

Yo te siento, y te siento tanto. Te siento mucho, mucho, aquí, en el pecho y en la caja torácica, y en las uñas y en los dientes y en los pies y en el vientre. 
Te siento tanto. 
Siento que en silencio me llamas, que me gritas, y sí, veo y sé y siento que me evitas. 
Yo te siento, y te siento en el alma. Siento mucho haberte herido, siento que me hubieras conocido y siento mucho que pienses, por el tiempo, que no ha sido. 
Y te siento.
Y vaya que cuánto lo siento. 

miércoles, 6 de abril de 2016

¡Sáquenme de aquí!

La soledad es bien gacha. 
Últimamente arañarle compañías al recuerdo no me sirve de mucho, porque solo me hace añorarlas. Ya el placebo de las redes en esta red no sirve, porque no acaricia, ni abraza, ni besa.
Y el triunfo o el éxito, los logros, son muy amargos. Y la vida, en general, pero más cuando es dulce y llega la gloria y uno se encuentra así, solo, bien gacho.
Han construido edificios para eso; altos, muy, muy, muy altos. Han destruido los barrios, las tiendas, las aceras, los parques y las calles para vender una exclusividad, una seguridad angustiante y aterradora. Celadores a los que les prohiben saludar o los echan por hablar mucho con la gente que vive en las unidades privadas. Todo es tan privado ahora que la gente quiere hacer pública su vida y se hace daño con ello.
Eso han hecho acá, en Medellín, Colombia, pero me temo que es algo que con sus estructuras verticales, violentas, encerradas, aisladas, vendidas como exclusividad, están logrando la segregación  -y ya no solo de clases sino entre personas, entre familias inclusive- que tanto anhelaron sembrar con armas las dictaduras militares en todo el mundo. 
De haber sabido Hitler y Franco y toda esa maldita gentuza que la vuelta se arreglaba así y no matando o desapareciendo; porque al menos eso unía a la gente en su dolor. La congregaba en qué sé yo, colectivos de madres, de hijos, luego de gente que, además de indignarse, salía a las calles arriesgando la vida porque reconocían el valor de la vida y qué era tener una.
Señor feo y afeminado dictador democrático de Israel, ese que manda, debería usted tener en cuenta hacer en Gaza edificios medio bonitos o mediocremente diseñados como los de Medellín. Viera usted cómo los palestinos dejaban de joder. Podría venir acá, que yo le enseño cómo, más que segregar, fragmentar una sociedad en pedacitos, de modo que no haya ni Israel o Palestina, sino individuos pegados al celular, pendientes de todo menos de una bandera o territorio. Por cierto, señor afeminado que gobierna Israel, ¿por qué todos los hijueputas como usted han sido así, de voz aflautadita, de maneras amaneraditas? Hace poquito oí al gran maricón de Franco y tenía el mismo tonito que Pinochet. ¿Se emasculan mentalmente o qué, pirobos? Y aquí hay otro pobre que ya ni marica parece, sino íncubo, el señor procurador Ordóñez, que se fela la sagrada hostia y saca la lengua de una manera para mamarla que, vaya, a mí me gustaría tener un clítoris más grande pa' que fuera un pipí y se pegara de eso.

Volviendo a lo que no sé en qué estaba, porque ya me toca beber para poder escribir, porque es bien, pero bien gacha la soledad y el alcohol en la garganta es tan parecido a lo que yo recuerdo que era una demostración de afecto, y ya sin saber a quién me dirigía, que los pobres, a pesar de todo, se la han sabido pasar muy bien, a pesar de nosotros. Yo me incluyo porque, bueno, maldita sea, que he sido segregada pero hambre no he aguantado, ni sed, ni me han desplazado, con mi familia y a punta de motosierra, a un lugar de "mejor clima", como lo es Medellín, adonde todos llegan. Eso dicen los alcaldes cuando se les reclama por la situación de los desplazados por la violencia. Y esa gente que vive por acá, en edificios que a veces, por ventura, como por anunciar que aquí todo está muy muy muy pero que muy mal, dice que mendigar es un negocio y que a uno le falta calle para no darse cuenta de que quienes viven de la calle han hecho de eso una manera de vivir. Gente que ha estudiado en Eafí y esas cosas, tan preparada, tan docta. 
A todos aquellos que Medellín les parece una chimba se largaron. Juanes, el primero, pero también gente de mi colegio, de las carreras que he empezado. Que Medallo es la verraquera, parce, porque es que desde Miami, Nueva York o cualquier lado a cualquiera, cualquier otro lado, le parece una chimba. Más de un mes no se quedan, eso sí, pero les critica uno el peladero este y son los primeros en mandarlo a uno pa' Venezuela. ¡Hombre! Tanta gente que sabe quién es mi papá bien pudiera decirle que hasta Magangué, al menos para mí, es mejor que vivir aquí. No tienen que mandarme para allá, ni para Cuba, que no me parecen malos, porque si me conocieran a vivir en este puto cagadero de mierda me condenaban. Creo que solo Miami es peor, aunque ni tanto porque allá hay haitianos, nigerianos y mar, que yo qué sé.

martes, 8 de marzo de 2016

Óyeme

Siéntete imprescindible, muñeca linda, porque lo eres. Que la Tierra, que yo soy la Tierra, en torno a ti gira, porque así es.
Siente que eres la persona más afortunada (y hermosa, mi cielo) y rica y poderosa, porque es verdad.
Y tú, y todas y ellos.
Yo, mi vida, que creí cada una de tus palabreas y, en este mundo desechable, tus videos, cargados ellos de cariño.
Sí me duele, claro está. ¿Me arrepiento? No.  Mentir se te da, como a todos, como a tantos, a cualquiera.
Amar, pese a las burlas, pese al dolor, pese al engaño, vale la pena.
Pierdo un poco de mi alma en cada respiro y en cada suspiro.
Pierdo algo de mi vida, de mis entrañas, con tu juego vanidoso.
Pero vale la pena.
Cada una de tus lágrimas, del corazón que desgarras, vale la pena.
Vivir vale la pena. Y sentir que un poco de la vida se me va, por ti, también.
Y cada sorbo de tequila y cada sorbo de aguardiente y cada peso que yo pierdo se justifica, y cada dolorcito en el pecho y cada arrugada en todo lo que soy, con la mano que empuñada en tus manos que le das a mi alma, y cada desvelo, cada mareo y terror, se justifican.
Hoy sé que solamente fui diversión, una especie de trofeo. Y sé que, en fin, corría el riesgo.
Pero ha valido la pena.
Sentir amor siempre vale la pena.
La ilusión, el deseo, la dicha, la euforia.
Aunque todo sea mentira vale la pena.
Porque lo que en ti es mentira, lo que es negación, ese desprecio, la frialdad, tu proceder y ese desdén, entiende, hoy son flores y son peras y son mangos y duraznos, mamoncillos, corozos. Flores, muchas, tantas, primavera.
Aurora, atardecer y zozobra.
Aguardiente y Rivotril.
Tú eres todo cuanto he sido, incluso el dolor al respirar.
Yo me alegro de haber sido un camino, un escaño, una noche, una más.
Prueba.
Compara.
Rompe cuantos corazones sean necesarios. Al final sé que estarás en otras y en todos ,y probablemente tus lágrimas falsas y tus palabras prefabeicadas y tus frases de ocasión para cada ocaso oportuno constituyan otra felicidad.
Sé, niña, sé tú, como la hiedra, como la hiel, como la hiel.
Y nunca crezcas y no madures y sé el veneno y sé el placer.
Yo te amo en tanto fuiste y yo te amo en tanto, ahora lo sé, no eres, así, nada de eso.


Hola

(Yo no sé poner títulos)

Estaba leyendo acá mismo eso de por qué soy comunista y me dio pena.
Sigo siéndolo, cada día un poquito más. De eso no me da pena -aunque tampoco es que sienta algún tipo de orgullo- sino de los baches y de los tremendos errores conceptuales que tenía entonces sobre ello. 
Leerse después de seis años es extraño. De repente me impresiono de lo que era capaz: de lo que lograba como incipiente escritora, y me encuentro con cosas que, contrario a ese manifiesto más o menos bobo, me deslumbran. Pero me topo con la que creía sabérselas todas en política y quisiera pelear conmigo. ¿Comunismo en Colombia sin una revolución armada? Creo saber el porqué de esa afirmación tan categórica. La violencia es mala venga de donde venga, excepto si, por ejemplo, se trata no solo de aquella perpetrada por el Estado con sus armas, sino también y más específicamente, cuando todo en Colombia, su institucionalidad, no es otra cosa que violencia que, cuando no dispara, permite que la corrupción, el abandono, la omisión, la indolencia de los dirigentes acaben por aniquilar a aquellos que no tienen con qué comer, en dónde vivir ni cómo recibir una atención médica digna. Los hay que se mueren de hambre y los hay que se mueren por falta de antibiótico, como también por no prevenir enfermedades que en este siglo, y desde hace mucho, pueden tratarse, curarse e incluso erradicarse.
Por las armas creo que debe ser la cosa y no de otra manera. A su disposición quedo, señor fiscal o quienquiera que se encargue de encarcelar a la gente por los pensamientos subversivos. 
Deseo, desde la pureza que el odio que brota desde mis entrañas emana, que un cáncer acabe, a dentelladas secas y calientes, como decía Miguel Hernández, con el presidente y con su posible sucesor, el ahora vicepresidente. Él no tiene cáncer pero sí un tumor en el cerebro que espero lo incapacite de por vida -por lo menos para que llegue a ser presidente. Y Fajardo, uno que se le coma los ojos y el cerebro. Y a Ordóñez, alguno que lo consuma desde la uretra, se le trepe por la vejiga, le pudra el corazón, el estómago, las venas y el oxígeno que recibe de tal manera que su fetidez sea tan hedionda que ni él mismo la soporte. Eso deseo porque el delito está en querer tomar las armas, y yo no estoy en condiciones.
Que el cáncer sea plaga y los pringue en sus bocas y faringes, amígdalas, lenguas, paladares. Y accidentes cerebrovasculares en sus proles, y algo que les seque, de sus hijos a sus nietos, el aparato reproductor. Y por cada camarada mío asesinado, una metástasis en cada uno de sus parientes.
Menos mal que eso está en la voluntad de Dios, y como él no es nada bondadoso, lo más probable es que todo esto se quede en simples deseos que, de evocarlos e imaginarlos, me hacen chasquear los dientes de placer y aumentan el flujo de mi saliva.
No, la violencia es necesaria, y ya no la rechazo. Tampoco las vías democráticas. Ya no restrinjo, ¿para qué? los comentarios en mis redes, no bloqueo a nadie. 
Abandoné el Partido Liberal en 2013, y hoy odio a Serpa. Lo abandoné porque es que uno, en primer lugar, y entonces no lo sabía, no puede andar metido en una guarida de burgueses pidiendo nada. Ni justicia, ni... es que ni sensatez. Yo en principio me fui porque no soportaba ser copartidaria de un baboso y  bobazo semejante bueno para nada como Bernardo Alejandro Guerra, es cierto, y cosas muy personales influyeron. Pero tampoco podía estar metida en la Unidad Nacional. Ahora entiendo que esa decisión, por más que aún me duela, ha sido de las más positivas y provechosas.

Y quiero excusarme por ese sarcasmo mal empleado. Creo que nada de eso estaba bien.
Lo que sí es que si bien todavía no he quemado una bandera gringa, hoy no me parece que sea ninguna falta de respeto hacerlo. Hoy sí que lo haría y, de paso, quemaría también unas cuantas de l Estado de Israel.

***


Más que revisar y escribir una disculpa, vine a escribir.
Como un ejercicio, como una sublimación. Todas mis ideas están quedándose en Twitter, casi estancadas, por la brevedad a la que uno se enseña con esa red. Y porque no hay inspiración, ni hay ganas. Porque me pueden el miedo y la tristeza. Ya no hay musas, se me fueron.
Un día volveré, al calor de la sobriedad.

martes, 17 de enero de 2012

Primer intento

Cada vez que empiezo a escribir, bien sea aquí, en Facebook o en mi cabeza, me da algo así como miedo, algo así como culpa, algo así como algo que yo desconozco. Borro y borro y me da taquicardia y me duele la cabeza, el estómago se me encoge, o tal vez sea el esófago; a ninguno los distingo porque ambos me duelen y se encogen por igual. Ha de ser que se trata de los dos. Pienso en preguntarle a mi papá, papi, ¿hasta dónde me llega el esófago? Pero no, ¿para qué le voy a preguntar eso? Da igual. Lo que importa es que es adentro. Aquí. Aquí donde empieza el llanto, hasta donde se consuma, en este otro aquí, al encharcar los ojos. Hace mucho, por cierto, que no logro fabricar lágrimas, al menos no de esas que ruedan por las mejillas. La cosa, tan desoladora en donde la siento, se queda en esa aguasal insignificante que humedece la retina, retenida por las pestañas, como si ese pelambre fuera tan fuerte, tan espeso, que toda la tristeza y toda la rabia que me vienen carcomiendo desde septiembre, quizá desde hace más, fueran tan poca cosa, tan pequeñitas. 
Me he quedado horas y horas escribiendo ese párrafo. Vuelve ese algo así, y esta vez me paraliza. Supongo que es la sobriedad o, para no ofender a esa gente que lleva tanto tiempo sin beber y que con tanto esfuerzo lo ha conseguido, diré que estoy abstemia. Además porque me acuerdo de ese pobre animal que había en el centro de rehabilitación, una perra bautizada Sobriedad por otros pobres hombres en estado de animalidad: los pacientes. A los pacientes, que no los dejan hacer nada, que no están en condiciones de nada, los dejaron llamar así a la perra, sobriedad, y a la clínica alborada. Sí, sin la coma, la clínica se llama Clínica Alborada, no clínica La Alborada, me recalcaron siempre. Llegará el día en que no tenga que explicar eso. Me refiero a las comas que pongo y que no pongo, porque tal parece que de Alborada siempre tendré que darlas. ¿Esa perra estará viva? No es una pregunta muy suelta. Entramos dieciocho pacientes, léase 18, y de esos ya hay nueve muertos. Lo otro era una coma explicativa que si bien es fundamental, no la quiero poner por otra razón fundamental. Otros andan en la indigencia. Juan Pablo les besaba el hocico a la perra y a Semilla, su marido. Ahí pude obviar esa coma sin que nada hubiera pasado: Semilla su marido. Porque ¿qué? Eso se ha venido muriendo la gente y es como si de comas se tratara. "Me importa un comino". Pues a mí, una coma. Es decir, mucho.
Había dejado la escritura como castigo. En Alborada también me prohibían, entre muchas, muchísimas cosas, escribir, pero yo lo hacía al escondido. Prohibido estaba el Listerine, el Glade ambientador en aerosol, los Quipitos, hablar como hablábamos en el consumo, compañera, escuchar rancheras, beber Coca Cola como si fuera alcohol, hablar en inglés, tomar tinto después de las seis, recibir llamadas de ciertas personas, leer a Dostoievsky, Chejov, Cortázar, pensar mucho, tomarse de la mano con Juan Pablo, besarse con Juan Pablo, desvelarse con Juan Pablo, acostarse con Juan Pablo, dormir con Juan Pablo, hacer el amor con Juan Pablo. Dormir y acostarse era dormir y acostarse. Hacer la siesta, amanecer juntos. Abrazarse.
Por eso, de vez en cuando, a cierta gente, con toda el alma, le digo gonorrea. También porque así hablaba en el consumo. Hablaba como indigente. Hablaba como los muchachos de Medellín que estudiaron en la universidad y en el colegio conmigo, gente de la clase alta que adoptó el lenguaje de los sicarios y los sicarios, a su vez, adoptaron el lenguaje de los gamines. Como las mujeres nunca pude hablar, pese a mis esfuerzos. No se me dio porque no me nació ser tan zalamera. O no me nació porque no se me dio ser tan zalamera. Pero en el fondo, desde niña, desde antes de empezar el consumo, siempre quise ser como ellas. Como no pude, empecé a beber, a leer y a escribir. A hablar como los hombres. Y en Alborada aprendí a hablar de nuevo, porque allá todo se aprendía de nuevo. Desaprendí el inglés y jamás volví a leer ni a Dostoievski, ni a Chejov, ni a Cortázar. Y Juan Pablo me quería así, a pesar de que escribía y leía y hablaba idéntico a él. Les daba picos en la boca a esos perros y después me los daba a mí, también en la boca. Vení, vení vamos a hacer cosas importantes, me decía, y me quitaba los cuadernos. ¿Qué? ¿Qué son cosas importantes? Vamos a vivir, y me plantaba un beso, me tomaba de las manos, me abrazaba.
Pero Juan Pablo ya está muerto.
Valga decir que eso de Juan Pablo fue como el llanto mío, solo que sí fue llanto consumado durante mucho tiempo, parte del que ahora se resiste a pasar de las pestañas y me punza la garganta. ¿O son los pulmones? Ya dije, es aquí. Mi abuela me enseñó que cuando quisiera llorar, fumara. Fumemos, niña, para no llorar. Fumemos, niña, porque ¿qué más? Seguramente los pulmones tienen que ver. Todos esos órganos que dañan el perico y el cigarrillo estarán involucrados. Por eso en Alborada también estaría prohibido llorar. Allá aprendí a no volver a llorar a mi abuela. Allá aprendí cómo se olvida llorar a la abuela. A dejar de beber no me enseñaron, tan raro eso. Me tararon en cuanto sentido y conocimiento fue posible, pero no, a dejar de beber no me enseñaron.
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Fueron cuatro meses sin escribir. Me impuse ese castigo por los imperdonables errores que cometí como correctora de estilo en El Tiempo, en su versión punto com. Perdón, no lo pude cumplir. De todos modos, estoy castigada en muchas otras cosas. 




domingo, 4 de septiembre de 2011

Apátrida

Soy pueril. Absoluta y tremendamente pueril en lo que respecta a las primeras dos acepciones que da el diccionario sobre esta palabra. De ahí que me conmuevan más los versos de "Barquito de papel", de Serrat, y me aterren y me asusten las letras de los himnos nacionales de todas partes, siempre guerreristas. He dejado aquí el video de la canción para que puedan apreciarla y entenderme. En cuanto al diccionario, pueril es esto http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=pueril

Bien, antes que comunista, soy pueril. Antes que colombiana, soy infantil hasta el tuétano. La lógica infantil es la más impecable de todas, aunque ahora, adultos, a muchos les parezca superficial y tonta. 
Yo conocí a Campanita y a Mickey Mouse antes que a Fidel Castro y a Marx. Fui feliz disfrazándome de Minnie y poniéndome las alitas del hada cuyo vestido es verde y hacía que Peter Pan volara y se le escapara al Capitán Garfio. Duermo con un tigre de peluche y mi pieza está adorada con Pequeños Ponis, Repollas y peluches. Por momentos, cuando la realidad es apabullante y es inminente que quieren matar a la persona que más admiro, me refugio en ese "Nunca jamás" personal. 
Soy apátrida porque deploro todo lo colombiano: el asesinato de muchachos vestidos de guerrillero para cobrar recompensas y la posterior frase del expresidente, justificando a los militares 'no estarían recogiendo café si los mataron'. Me da mucha vergüenza, mucha, que siendo un país que se dice moderno  tengan más derechos los nazis y los fascistas que los homosexuales y los negros. Me aterra que al finalizar la década del 20 hubiesen asesinado a miles de personas, en ese episodio que se conoció como Las masacres bananeras, que aparecen descritas en Cien años de soledad, como si se tratase de realismo mágico y ficción. Colombia es un país indolente y sin memoria que en los últimos ocho años se dedicó a señalar y a sindicar de terroristas a todos los que pensaran diferente al gobierno anterior. Siguiendo el ejemplo del primer mandatario, sus militantes, todos, nos acusan de ser terroristas porque no estamos de acuerdo con ellos. Pretenden que yo quiera al país que justifica la violencia en cualquiera de sus formas cada vez que se trate de maltratar a Piedad Córdoba, de humillarla, de ofenderla, de calumniarla. 
Yo soy orgullosamente apátrida y colombiana vergonzante. Un país que cuenta con sesenta mil desaparecidos no puede ser querido. Un país que callado permite que sus niños trabajen en las calles y se prostituyan sólo merece desprecio.  Una patria que se llame tal no permite que sus habitantes se mueran de hambre o vivan con menos de un dólar al día. 
Además, en nombre de esta nación se han cometido los crímenes más atroces y deplorables: el secuestro, la extorsión, bombas, personas mutiladas y luego asesinadas con motosierra, mujeres a las que les cuelgan un collar como bomba, burros que cargan de explosivos, violaciones a todos los derechos humanos. El otro día, en San Onofre, nos contaba una muchacha que mientras un paramilitar la violaba, gritaba ¡viva Colombia, hijueputas! Y las minas 'quiebrapatas', ¡Dios mío!
No, yo no quiero a esa Colombia, que además destierra a quienes más trabajan por ella. No quiero a la Colombia que se olvida de sus talentos y de sus muertos, que vive del odio más que de la coca y el café, que se alimenta el alma con noticias de guerrilleros muertos y celebran las masacres y la guerra cual si se tratase de logros deportivos, tal vez a falta de estos. No sé. Este es un país en el que suena la pólvora y todos saben que los mafiosos 'coronaron', lo que quiere decir que la droga que enviaron pasó a Estados Unidos o a Europa sin que hubiera tropiezos. Y nadie dice nada. Ya ni nos inmutamos. 
Aquí la gente se cree superior a los peruanos, bolivianos y ecuatorianos que porque son más 'bonitos' y hablan 'menos feo'. Aquí decir indio es insultar, y también es insulto que le digan a uno homosexual. Es insulto drogadicto, es insulto bipolar. Llaman a sus adversarios 'muertos de hambre', en vez de preocuparse por que ya no haya más gente que se muera por eso. 
En Colombia, dicen, hay diversidad de credos, pero el feísimo y maldito himno nacional habla constantemente del que murió en la cruz. Se admite la libre expresión, siempre y cuando no se exprese, porque una vez expresada, se ve uno envuelto en insultos, expatriado, señalado, vejado, no sólo por la ciudadanía, sino por quienes detentan el poder.
¡País miserable!
Y no, no me voy de aquí porque no me da la gana. Porque aquí vive mi familia, porque aquí viven mis amigos, porque aquí nacieron la cumbia, el vallenato, el bambuco y se compusieron canciones de salsa inmortales. No me voy porque aquí nacieron Piedad Córdoba y Manuela Beltrán, mis abuelos y el presidente López Pumarejo, los comuneros, los juglares vallenatos, Serpa y Samper, Rafael Uribe Uribe y su primo El Indio Uribe, Ñito Restrepo, Fernando González, León de Greiff, García Márquez, el joropo y todos los ritmos de nuestras costas caribe y pacífica y porque aunque no sea todavía 'nadie', también comparto nacionalidad con todos ellos. 
Nunca daré mi vida por este país ni por ningún ideal. No dejaré de ser niña las veces que son necesarias, no halagaré a quien en nombre de la seguridad, la democracia y la libertad mancilló esas tres cosas y atentó en contra de ellas. 
Ser apátrida en Colombia es un lujo que pocos se pueden dar.